Relato de pesca 4: A la captura del pez vela
en Zihuatanejo, Guerrero, México
Texto y fotos: Rafael Malpica
La línea se tensó en un instante. La chicharra ni siquiera sonó. Un pez vela, probablemente de más de 40 kilogramos, había zarandeado el señuelo y lo había capturado. Alejandro, nuestro guía de pesca en las aguas del Pacífico frente a Zihuatanejo, se percató enseguida que el picudo había atrapado la carnada y tomó la caña para engancharlo definitivamente. Llevó atrás la vara con un enérgico movimiento por encima de su hombro y aceleró el motor de la panga en línea recta, justo en contra de la arremetida de este magnífico pez del orden Perciforme y de la familia Istiophorida. Un par de saltos fuera del agua nos permitieron ver su lomo azul grisáceo y fugazmente tornasolado al momento que, emocionado, Adalberto Perusquía estaba listo ya para “trabajar” la línea. Y después… nada. Nuestro vela había desaparecido con la mitad de la carnada. Y después… horas, muchas horas de sol, agua y viento fresco a 10 millas del litoral en la Costa Grande de Guerrero. Decepción.
Tras unos minutos de silencio y de reflexionar sobre el fugaz encuentro con este magnífico ejemplar de Istiophorus platypteruso o pez vela del Pacífico, Rafael Rizo lanzó una hipótesis: Al momento que Alejandro aceleró la lancha, se había formado una onda en la línea que permitió al picudo zafarse del hocico el anzuelo del aparejo (un señuelo de plástico denominado “pulpo” con una sardina muerta amarrada con hilo). La pérdida nos había proporcionado una enseñanza: La panga debe acelerarse hacia cualquiera de los lados del animal capturado, nunca en forma directamente inversa al tirón.
Adalberto Perusquía, Rafael Rizo y yo habíamos organizado en la víspera del último fin de semana de noviembre de 2009 una salida a pescar velas y marlines en Zihuatanejo. El viernes 27 al mediodía tomamos la autopista siglo XXI a la costa para llegar a comer poco más de cuatro horas después a la entrada de Ixtapa. Luego de instalarnos, los tres tomamos nuestros aparejos y nos apostamos en el muelle de Playa Linda para castear con las cañas, ya prácticamente al entrar la noche. Allí nos alcanzó Carlos Sandoval. Con carnada de camarón muerto atrapamos roncos blancos, algunas mojarritas blancas y un par de pequeños jureles. Regresamos prácticamente todo al mar y nos quedamos sólo con algunas piezas para utilizarlas de carnada al día siguiente. Es noche salimos los cuatro a cenar mientras los acordes salseros vibraban prácticamente en cualquier sitio al que volteáramos. Con el olor a puerto y a música regresamos a descansar.
A las 7 de la mañana del sábado 28 ya estábamos listos en el muelle principal de Zihuatanejo para embarcarnos en la lancha de Alejandro. Una parada en la tienda nos permitió aprovisionarnos de tortas, agua, refrescos, limones, cervezas y clamato. Más tarde Rafa Rizo se percataría de haber dejado su encendedor en tierra. Imperdonable olvido que le provocó un serio disgusto.
Prácticamente al salir tiramos las líneas en busca de un barrilete que utilizaríamos como carnada viva para algún vela, pero… nada. Más tarde troleamos a una distancia de entre 8 y 10 millas de la costa hasta el encuentro con nuestro hermoso ejemplar en fuga. La refriega del momento, pero más el empecinamiento de Alejandro (llevado por su profesionalismo como guía de pesca de altura), nos llevó a mantener las líneas en troleo probablemente más tiempo de lo necesario. Los velas estaban allí, prueba de ello es que hicimos una captura mientras que los tripulantes de un par de lanchas en las inmediaciones también habían subido a bordo sendos ejemplares. Un poco más afuera vimos tres embarcaciones faenar sin que dieran muestras de haber capturado algo.
A esta altura del día por fin un pescador en panga respondió a las señas de nuestro guía y se aparejó a nuestra lancha para obsequiarle a Rafa el preciado encendedor. La sonrisa blanca de nuestro experto marino caribeño se instaló de nuevo en su rostro ya para ese momento endurecido… por decir lo menos.
Ya con el sol en retirada, más allá de la una de la tarde enfilamos a velocidad de troleo hacia los morros frente a Barra de Potosí. Cierto. Un error de estrategia que nos hizo perder casi una hora y media y que nos impidió tener tiempo suficiente para fondear a gusto alrededor de los farallones.
Apenas con un “buche” de gasolina llegamos a Barra de Potosí donde Rafa Rizo se lanzó a la orilla en busca de gasolina. Poco más de media hora después llegó con medio bidón del combustible y un delicioso caldo de camarón para cada uno de nosotros.
Con el apremio de llegar con luz a Zihuatanejo, Alejandro desestimó trolear pegado a la línea de costa en busca de un jurel o barrilete por lo que le dio directo al puerto. En el trayecto, el sábado nos brindó una de esas puestas de sol magníficas que sólo aquí, en el trópico guerrerense de la Costa Grande, es posible vivenciar.
La plenitud del mar, la quietud del agua, la brisa fresca pero suave y la luz rojiza de la tarde en esta parte de nuestro espléndido México nos metió a cada uno en nuestros propios pensamientos mientras los sedales rozaban la superficie azul del Pacifico que por momentos se tornaba blanca con la espuma de la estela de la panga. Fascinados por la belleza de lo que mirábamos… sí. Pero ciertamente encabritados como cualquier pescador en retirada. Muy pronto las luces del puerto nos trajeron a la realidad.
Carlos Sandoval se despidió en el muelle pues esa misma noche regresó a casa. Al regreso a nuestro alojamiento, Rafa Rizo decidió tomarse un descanso en cama con el aire acondicionado a todo lo que daba, mientras Adalberto y yo salimos a cenar. La música en algún bar cercano en el mero centro de Zihuatanejo nos encaminó por una cerveza. Un par de hora después Adalberto se regresó. Yo me quedé un rato más a escuchar relatos de pescadores, de mujeres en trayecto, y de músicos, entre ellos cubanos por supuesto, que aquí, con la salsa y el merengue, le dan sentido a la vida. ¡Y vaya que sí!
Ya de regreso, pienso en el vela nuevamente y me emociono al reconocer que sigue allí, mar adentro, para patrullar las aguas de un azul profundo y lanzarse contra los cardúmenes a casi 109 kilómetros por hora. Un prodigio de la madre Naturaleza… sin duda. Aún así, con absoluto respeto a este animal que es perfecto de la cola en media luna a la punta del pico duro, pienso en regresar pronto a Zihuatanejo. A la música. A los encuentros. A la pesca.

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