Introducción
Es sabido que uno de los criterios básicos para establecer la diferencia entre el hombre y las otras especies animales radica en la comunicación. Ninguna otra especie posee formas de comunicación tan complejas y variadas. Debido a esta complejidad, es que el hombre ha sido designado como un “animal simbólico”, en lo que constituye una prolongación de la definición dada por algunos filósofos (entre ellos Descartes) que concibieron a los seres humanos como animales lingüísticos. Pero como ha quedado sobradamente demostrado, y como veremos muy brevemente en la introducción a este trabajo, la comunicación humana está lejos de quedar limitada a lo lingüístico. Ya Eco lo había afirmado: “Es difícil concebir un universo en que seres humanos comuniquen sin lenguaje verbal, limitándose a hacer gestos, mostrar objetos, emitir sonidos informes, bailar: pero igualmente difícil es concebir en que los seres humanos sólo emitan palabras” (1977: 263). Así, la comunicación humana se muestra como una constitución pluricodicial, donde la mayor parte del tiempo interactúan códigos de naturaleza diferente en un mismo proceso.
No vale la pena insistir en el punto de que para que exista comunicación debe haber significación, de manera que un acontecimiento comunicativo se sustenta siempre en un hecho significativo.
Si partimos de este presupuesto, cualquier suceso que tiene lugar en una cultura (sea de carácter conceptual o material) es susceptible de convertirse en el contenido de una comunicación. La semiótica ha dejado en claro que la frontera que se erigía para separar los signos de las cosas ha quedado obsoleta, de tal modo que todo acto de la vida social —por simple que pueda ser— entraña procesos significativo-comunicativos. Podemos tomar como ejemplo el caso de un sujeto que llega a un salón de clases y se sienta en una butaca; este sujeto capta la función de la butaca y es así como la utiliza. Lo importante a destacar aquí —como lo hizo Barthes (1966)— es que la función se convierte en el contenido primario del objeto, por lo que al utilizarlo, el sujeto ha decodificado dicho contenido y ha cumplido el rol de destinatario de una información. Lo mismo sucede con un fenómeno natural, como un relámpago, que mediante la actividad de la percepción por parte de un hombre (dotado de una competencia social), pierde ante éste su carácter natural para convertirse en un acontecimiento cultural (no hay que olvidar que en algunas culturas se le atribuían a este fenómeno valores mágico-religiosos).
Lo que queremos destacar con esto, es que eso que llamamos cómodamente “mundo” o “realidad”, se presenta al hombre como un universo de sentido (Chvatik, 1997: 36), y es precisamente al interior de ese universo que tienen lugar las interacciones sociales.
Es así que la humanidad se ha separado de la naturaleza y ha encontrado en lo simbólico su modo de existir.
Algo que deseamos dejar en claro inmediatamente es que no tenemos una postura antropocentrista que tiende a colocar al hombre como un animal superior. Ciertamente acusa, como especie, comportamientos infinitamente más variados y más complicados con respecto a otros animales, pero por otra parte es precisamente esta característica la que ha puesto al planeta al borde de la destrucción. Además, para reforzar lo anterior, no sabemos de casos en que una especie animal diferente a la humana haya intentado exterminar a sus semejantes: los tigres siberianos no se han organizado para hacer la guerra a los tigres de bengala, o los osos polares a los osos pardos. No hay nada más lejos de nuestra intención que el caer en un elogio del hombre, que sin embargo, debe ser estudiado en toda su riqueza.
Ahora bien, en las últimas décadas del siglo XX y en estos primeros años del siglo XXI, el campo representacional se ha ampliado considerablemente, lo que ha repercutido en una mayor complejidad en las formas humanas de comunicación. Al acontecer esto, no solamente se ha multiplicado de manera por demás significativa el número de mensajes, sino también —como es evidente— los medios de transmisión (el internet constituye el mejor ejemplo en este sentido). En algunos casos, medios de comunicación preexistentes han evolucionado de suerte que han incrementado sus potencialidades comunicativas, como es el caso del cine y de la televisión.
Tenemos entonces que, con la proliferación de los medios de comunicación masiva (MCM) en la segunda mitad del siglo pasado, el campo cultural ha estado sujeto a expansiones constantes, puesto que los mensajes transmitidos por ellos han puesto a disposición de un gran público una serie de nociones y de conocimientos a los cuales difícilmente se tendría acceso de otro modo. Lo anterior ha traído consecuencias inevitables en el marco de las interrelaciones sociales. Pensadores como Jameson (1991), por ejemplo, establecen una relación estrecha entre los MCM y la llamada sociedad de consumo.
Por su parte, Lyotard (1979) cree firmemente en que el uso de la tecnología en el área de los medios de comunicación da lugar a un conjunto de criterios en donde se sustenta un proceso que separa los enunciados de “conocimiento” de otra clase de enunciados, con lo que el medio se presenta como una base “legitimadora” del enunciado. En este proceso no se pone en primer término el conocimiento en sí mismo, sino su efectividad.
Es claro que todo mensaje se encuentra en relación con un tipo de conocimiento, pero lo que afirma Lyotard es que se tiende a separar los enunciados que portan un conocimiento pertinente a ciertas circunstancias, frecuentemente de poder, de aquellos que no responden a esta pertinencia.
En gran parte esta ha sido la función de ciertos MCM. Tal vez el caso más representativo en este aspecto sea la televisión, particularmente los noticieros, que en periodos de efervescencia política privilegian mensajes convenientes a intereses específicos y a partir de perspectivas también convenientes a esos intereses. Un gran sector del público receptor da por sentado la veracidad de tales mensajes y tiende a deslegitimar cualquier otra propuesta.
Como lo habíamos manifestado en un trabajo anterior: “Es innegable que con el advenimiento de nuevas formas de comunicación se generan tipos de contacto social y de relación con el mundo no vistos anteriormente, y que la organización del saber tiende a reorganizarse —al menos parcialmente— a partir de las condiciones de producción comunicativa recientemente creadas. A través de estos medios, la relación del ser humano con sus semejantes y con el mundo, es prácticamente ilimitada” (González Vidal-Chávez Mendoza, 2004: 88-89). Piénsese nuevamente en el internet, que permite la comunicación soslayando la distancia geográfica, y que limita, por otro lado, el contacto estrictamente humano.
Quisimos hacer esta introducción con el objetivo de situar al hombre con respecto a la comunicación, dado que nos centraremos, como el título de este trabajo lo indica, en uno de los medios masivos que más aceptación han tenido en la historia reciente, como es el cine.
Para el desarrollo de nuestra argumentación, trataremos primeramente algunos aspectos que podrían considerarse generales en torno a los MCM y al cine, para enseguida trabajar sobre textos concretos.
1. Los MCM como Aparatos Ideológicos de Estado (AIE).
Como es sabido, el análisis marxista hizo aportaciones importantes al estudio de la comunicación (y en términos generales, al de la producción cultural). Entre esas aportaciones está sin duda la de Louis Althusser (1976). Él formuló tres nociones que resultan muy importantes para nuestro estudio: Aparatos de Estado (AE), Aparatos Ideológicos de Estado (AIE) e ideología materializada. Por falta de espacio, las definiremos brevemente.
Los AE forman parte directamente de la organización del Estado, que comprende diferentes instancias: la administración central, los organismos encargados del orden (ejército, policía), el aparato judicial, etc. Estas instancias, en su conjunto, son las encargadas de mantener y hacer respetar el poder del Estado.
Frente a los AE, se encuentran los AIE, que no son parte de manera directa del Estado. Se trata más bien de instancias especializadas que, en apariencia, no tienen funciones coercitivas. Sin embargo, por medio de ellas, el poder central interviene de diversos modos en los distintos aspectos de la vida social. Ejemplos de estas instituciones son la escuela, la iglesia, las organizaciones deportivas y, por supuesto, los mcm. Como se organizan sobre un sistema de dominación (como una especie de satélites del Estado y de sus instancias), su acción se centra en reforzar las dinámicas de poder de ese sistema. De tal suerte, tienen una ingerencia directa en la producción cultural. Para que esto quede claro, vamos a recurrir a un ejemplo tomado del cine, se trata de la película Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso) de Giuseppe Tornatore (1988). Al inicio del filme, se aprecia la manera en que el párroco del lugar (Giancaldo) ve primeramente y a solas las películas que posteriormente se exhibirán al público, con la finalidad de suprimir las escenas “no convenientes”, concretamente aquellas que incluyen besos y que, por lo tanto, se consideran ofensivas de la moral. Así, él indica al operador las escenas que deberán ser suprimidas, con lo que se manifiesta su capacidad de decisión sobre un producto cultural. Las películas exhibidas a la comunidad, sin las escenas censuradas, son en realidad productos diferentes, que no causan los mismos efectos en el receptor ya que se generan otras interpretaciones. Esto es lo que ocurre con cualquier mensaje sujeto a la censura: si alguno de sus elementos es excluido, cambian sus relaciones internas. En el ejemplo en cuestión, el erotismo es prácticamente evacuado de los textos.
Lo que hay que resaltar de aquí, es que los AIE participan en la producción cultural.
Finalmente, abordaremos la noción de ideología. Para Althusser (1976), la ideología tiene una existencia material, puesto que como él afirma, una ideología tiene lugar a través de prácticas sociales, y esa realización es material. Desde esta perspectiva, encontramos prácticas ideológicas materializadas en diversas formas, como son: a)- el discurso; b)- los roles sociales (madre, padre, sacerdote); c)- los rituales de cualquier clase (eventos deportivos, religiosos, políticos…), etc. Todos estos modos de actuación encarnan valores sociales que son de este modo actualizados.
En una expresión tan sencilla como “tenía que ser vieja”, que se da frecuentemente en circunstancias donde hay incidentes automovilísticos en que uno de los involucrados es mujer y el otro hombre, éste último recurre a oraciones como la anterior. Lo interesante a destacar es que tiene lugar una discriminación hacia la mujer, ya que desde este punto de vista las mujeres innatamente son consideradas menos aptas que los varones para conducir. Otra expresión ilustrativa es cuando se le dice a un niño ante una situación disfórica para él: “no llore, ¿qué no es hombre?” Sabemos qué tipo de valores están implicados.
En lo que concierne a los roles sociales, éstos representan modelos de actuación que el sujeto asume en el momento de desarrollarse en una comunidad: ¿cómo debe ser el padre o la madre? Si el sujeto cumple con los establecido socialmente, no se genera conflicto, si no, cuando menos es visto con ojo crítico (y puede exponerse, inclusive, a sanciones sociales).
En lo relativo a los rituales, se trata de prácticas con patrones preestablecidos que garantizan la transmisión de valores específicos. La misa es un buen ejemplo, aunque están también los de carácter nacionalista, como el cantar himnos nacionales antes de un evento deportivo. En este último caso lo que se intenta es unir a un grupo de personas bajo una misma identidad colectiva. En las copas del mundo de fútbol tal práctica es muy llamativa, porque simultáneamente a la proyección de esa identidad, se trabaja con la noción del otro, lo que genera el opósito mismidad/otredad.
Para complementar la anterior definición de ideología, recurriremos a la que maneja Luis Prieto (1975). Todo discurso se relaciona con un conocimiento convencional del mundo; la ideología se produce cuando el discurso intenta naturalizar la relación con ese conocimiento, de manera que excluye otras concepciones posibles sobre un fenómeno. No obstante que Prieto se centra en prácticas discursivas, su concepción sigue siendo válida si la extendemos a formas expresivas diferentes, como las mencionadas más arriba. Hay que retener, entonces, que una práctica ideológica se caracteriza por ser excluyente.
Dicho lo anterior, y al considerar los MCM como AIE, podemos suponer que uno de sus rasgos fundamentales es su operación como “satélites” del Estado.
Tenemos sobrados motivos para pensar lo anterior. Tomaremos como ejemplo el evento constituido por las elecciones presidenciales de 2006 y el tratamiento que se le dio en dos medios diferentes: algunos noticieros televisivos y el cine. También por cuestiones de espacio sólo haremos alusión al noticiero conducido por López Dóriga [Nombre], al programa de discusión y debate Tercer grado, y a la película Fraude, de Luis Mandoki.
2. La actuación de los MCM en la polémica postelectoral. La superposición de roles.
La elección presidencial de 2006 pasará a la historia como aquella que más polémicas ha desatado luego de los comicios electorales. Las polémicas, como es evidente, fueron cubiertas por los medios de comunicación, y se construyeron “imágenes” diferentes de ellas dependiendo de las políticas institucionales y de la adscripción política —por decirlo de alguna manera— de esos medios.
Luego de la emisión de los resultados, la Alianza por el Bien de Todos denunció una serie de irregularidades durante el proceso electoral, y en ciertos sectores de la población surgió la idea de fraude. Los MCM reaccionaron inmediatamente ante el hecho.
La función principal de un comunicador consiste en informar, en dar a conocer eventos, estados del mundo, hechos vinculados con personajes específicos, etc. Dicha función implica una relación entre dos sujetos (individuales o colectivos), en la cual uno de ellos está en posesión de un saber que intentará transmitir al otro. Habrá, de este modo, un vínculo entre un destinador y destinatario.
Dentro de este esquema, el público televisivo asumirá el rol de destinatario con respecto a quien le hace llegar la noticia. El circuito será estático y unidireccional, porque en ningún momento habrá variación en los roles desempeñados.
Desde el instante en que uno de los sujetos es depositario de un saber, se coloca en el plano comunicativo en un nivel de superioridad sobre quien no lo posee. Esto le brinda, de entrada, una competencia mayor para, llegado el caso, llevar a cabo una actuación.
Ahora bien, la relación destinador-destinatario en este circuito está regulada por políticas institucionales, con lo que la imparcialidad se ve afectada. Lo anterior es comprensible. Lo que no se puede concebir es una parcialidad tan burda que ponga en duda la credibilidad del comunicador y de la institución en que se desenvuelve.
En lo que respecta al noticiero de López Dóriga, la parcialidad exacerbada empezó a manifestarse desde el momento en que se fue dando una superposición de roles. El comunicador asumió el papel de “juzgador”, lo que se puso en evidencia por el hecho de que sus notas informativas estaban plagadas de juicios valorativos. Tales juicios eran emitidos a favor del sector oficial y, consecuentemente, contra la oposición. De este modo, el objetivo de simplemente informar fue sustituido por el de transmitir una valoración de los acontecimientos. Esto implica una nueva relación comunicativa porque han variado las motivaciones.
Por otro lado, se pretendía legitimar la valoración haciendo creer que había una relación natural entre los discursos empleados (y en general, la materia expresiva) y los conocimientos convencionales del mundo a los cuales hacían referencia. Aquí encontramos una postura de naturaleza fuertemente ideológica de acuerdo con la concepción de Luis Prieto.
Además del rol de “juzgador”, el comunicador asumió el papel de censor, porque toda información que justificara las acciones de protesta del bando opositor fue desechada o, en el mejor de los casos, descalificada.
En este mismo sentido, no deja de llamar la atención una intervención de Loret de Mola en el programa Tercer grado, en que erige a dicho programa en una suerte de tribunal donde se legitimizan o deslegitimizan los acontecimientos políticos. En el programa del 19 de julio de 2006, manifestó: “López Obrador nos debe las pruebas del fraude”. La utilización de la primera persona del plural nos parece muy significativa. Intenta, a través de su uso, darle a su opinión una dimensión consensual. Sin embargo, esa consensualidad resulta a final de cuentas sumamente ambigua: ¿El “nos” se refiere a la sociedad en general? Ese intento de inclusión es vano, pues por las circunstancias sociales en que tuvo lugar el programa es imposible establecer semejante identificación. ¿Se refiere en cambio a los comentaristas que participaron en el programa? De manera consciente, inconsciente o no-consciente, esta posibilidad es más factible, porque estaría de acuerdo con el rol de tribunal que colectivamente tratan de jugar los participantes en Tercer grado y, en tal caso, queda justificada esa demanda de de Mola.
A pesar de todas la irregularidades documentadas antes y durante el proceso electoral, del trabajo de los físico matemáticos de diversas instituciones de educación superior e investigación que revelaron las inconsistencias del conteo rápido (PREP) y del cómputo distrital, del papel por demás cuestionable del IFE en todo el proceso electoral, y de la intromisión Consejo Coordinador Empresarial (CCE) en las campañas políticas, se le exigen pruebas a López Obrador. De sobra está decir que Tercer grado no es la instancia en que esas pruebas deben ser presentadas, pero salta a la vista la censura en la información que manejan al no aludir a los hechos que acabamos de enumerar, así como la percepción que tienen de sí mismos como grupo en la dinámica del programa. Por otra parte, si esas pruebas hubieran sido presentadas ante los comentaristas-juzgadores del programa en cuestión, correrían la misma suerte de la descalificación.
En la historia de los medios de comunicación masiva en México la superposición de roles nunca había resultado tan burda, hasta el extremo de provocar la pérdida de credibilidad en ellos por parte de amplios sectores sociales.
Si tomamos las funciones de Jakobson, veremos que la función conminativa pasó a ser exageradamente preponderante sobre la referencial. Lo que importaba en esta circunstancia era principalmente influir en el destinatario para obtener una reacción favorable de su parte respecto de lo que se “informaba”.
Con lo anterior podemos ver que la construcción de los mensajes se hizo de modo evidente sobre la base de funciones estratégicas (Chilton y Schäffner, 1997), lo cual no es de extrañar porque se trata de mensajes políticos, es decir, de comportamientos comunicativos que se vinculan a algunas instancias de poder (oficiales u opuestas). “El control político supone el control cuantitativo o cualitativo de la información, el cual es, por definición, una forma de control discursivo. Se utiliza la estrategia del secreto para impedir que la gente reciba información; el caso inverso es la censura, que impide que las personas brinden información. Existe otra forma de encubrimiento en la que se puede dar información, pero en forma cuantitativamente inadecuada para las necesidades o intereses de los oyentes […] En cuanto al encubrimiento cualitativo, en su manifestación más extrema no es otra cosa que mentira lisa y llana […]” (Chilton y Schäffner, 1997: 305). Si observamos con cierto detenimiento, las estrategias anteriores se presentaron en la difusión de la información por parte de los noticieros televisivos de corte oficialista.
3. La película Fraude 2006, de Luis Mandoki, como una alternativa comunicativa.
Fraude 2006, de Luis Mandoki, es un documental cuya temática se centra (como el título lo indica), en las circunstancias que marcaron el proceso electoral para la presidencia de la República verificado en México en 2006. Intenta ser una mirada objetiva sobre dicho acontecimiento y poner de relieve las irregularidades en torno al proceso.
Su difusión enfrentó los obstáculos del sector oficialista y de aquellos que asumieron tal postura. Como ejemplo baste mencionar las anomalías que se suscitaron en diferentes salas durante su exhibición: interrupciones en la proyección, alarmas contra incendio que suenan sin motivo, pérdida repentina del sonido, etc. Con todo, pudo ser vista por una cantidad considerable de personas.
No puede negarse su importancia, dado que por primera vez a un público amplio le fue posible acceder a un conjunto de informaciones y de impresiones que se encontraban dispersas, y que Mandoki tuvo el acierto de reunir de una manera coherente.
3.1 El relato histórico.
El relato histórico, como otro tipo de relatos, se manifiesta como una puesta en relación semiótica de cierta clase de eventos. Tal postura implica, de entrada, concebir la historia como una forma de representación, que tiene, como es evidente, rasgos individuativos.
Uno de los rasgos más importantes del relato histórico es la inscripción de coordenadas espacio temporales entendidas como verídicas, lo que le proporciona un enraizamiento circunstancial —por decirlo de alguna manera— que genera un sentido de “realidad”. La historia constituye, desde el punto de vista de la construcción codicial, una garantía de objetividad.
El texto de Mandoki es una forma de relato histórico, que viene a segmentar una serie de acontecimientos exteriores a la diégesis de acuerdo a estrategias narrativas y enunciativas, de tal modo que quedan semiotizados simultáneamente la narratividad y el marco circunstancial base del relato. En razón de los rasgos del relato histórico que venimos de expresar, es que la película de que nos ocupamos ha suscitado inquietud en los sectores oficialistas.
Es evidente, por otro lado, que con el desarrollo tecnológico esta clase de relato ha encontrado nuevos canales de materialización. Uno de ellos es el cine, que asume la historia bajo sus propias normas de modelización.
3.2 La intertextualidad en la construcción del enunciado.
Contrariamente a las posturas sustentadas por algunos investigadores, que sostienen que el intertexto es materia expresiva que se limita a ser convocada y adaptada por el texto de recepción (es decir, que tiene un carácter pasivo), concedemos al intertexto un papel activo en la producción de sentido de la entidad en la cual viene a incorporarse.
En el filme de Mandoki, de inicio, se recurre a un documental precedente, en el cual se narran los acontecimientos del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile, que culminó con el derrocamiento del Presidente Constitucional Salvador Allende. En ese documental se observan también algunas imágenes de Allende hablando ante un gran auditorio. La inclusión de tales imágenes establece de manera inmediata un paralelismo entre el Presidente chileno y Andrés Manuel López Obrador (en torno al cual se establece el hilo conductor de la narración), lo que le confiere a este último el estatuto de luchador social, que va más allá de la representación del político institucional. Se produce, pues, un proceso de semantización a través del intertexto. Además, debido la concepción que la izquierda ha forjado sobre Salvador Allende, López Obrador, por asociación, adquiere una dimensión heroica: hay una ingeniería semiótica en que la presencia de un personaje contribuye a la caracterización del otro. No hay que olvidar que los personajes son, entre otras cosas, configuraciones semémicas, y muchas veces, cuando configuraciones como éstas entran en contacto —en ciertos contextos y situaciones—, los rasgos semánticos de una entidad son trasladados a la otra: para que tal cosa pueda verificarse, debe de existir forzosamente una relación de identidad (o de aparente identidad) entre cuando menos un fragmento de las entidades involucradas, como por ejemplo, el ser vistos como políticos opuestos a la derecha conservadora y el tener intereses que apuntan al beneficio social.
Cabe mencionar que el fragmento del documental se inserta por una alusión de López Obrador (que está siendo entrevistado) al caso chileno, en el cual hace referencia a los procedimientos de la derecha cuando peligran sus privilegios: simplemente rompe con la legalidad. Si bien el código lingüístico permite establecer el vínculo de circunstancias Chile 1973 – México 2006, es el código icónico el que genera la investidura heroica de López Obrador.
Este mecanismo es similar —aunque con efectos opuestos— al que se empleó en ciertos spots contra Obrador en los que se le asociaba con Hugo Chávez: las connotaciones negativas asignadas a Chávez por la derecha internacional, fueron tomadas para la caracterización del tabasqueño. Este hecho es interesante, porque observamos cómo a través de las modelizaciones de los intertextos puede determinarse una postura enunciativa: la producción de semiosis no es neutral en ningún caso: siempre que se produce un enunciado, se hace a partir de una posición en el universo semiótico.
Ahora bien, la identificación Allende-López Obrador, como puede deducirse de los anteriores argumentos, también concierne a otros niveles, como el actancial y el actorial: ambos son presentados como víctimas de la derecha intolerante, y obligados a quedar disyuntos de su objeto (el bien social) por medio de recursos ilegales.
Desde la postura enunciativa del filme, López Obrador no es solamente un político que formaba parte de los sectores del poder, sino un luchador social.
Es evidente que el mensaje en este caso también se encuentra ideologizado, ya que pese a la distancia que hay entre Allende y López Obrador, la identificación entre ambos personajes se da a ver como incuestionable. De hecho, esa distancia se ve escatimada en el texto de Mandoki al destacarse ciertos rasgos en detrimento de otros; uno de los más importantes es la adscripción ideológica misma: López Obrador es designado y se autodesigna como un político de izquierda; en cambio Allende era de tendencia socialista. El tabasqueño habría encontrado difícil manifestar una adscripción similar a riesgo de ver afectada su popularidad. Hace algunas décadas no había existido mayor dificultad para establecer una equivalencia entre ambos términos (izquierda-socialismo), porque había entre ellos una relación de implicación. Sin embargo, en la actualidad tal equivalencia está en desuso, con lo que el término “de izquierda” ha pasado a ser ambiguo. Al parecer, en este momento ser de izquierda implica una postura que simplemente se aleja de la extrema derecha, pero que mantiene una posición “centro”.
La recurrencia a Allende se manifiesta, entonces, como una estrategia de legitimación de la imagen de López Obrador, puesto que con el Presidente chileno se alude —una vez operadas las distancias mencionadas— a principios ideológicos considerados como generales en ciertos sectores sociales, lo que proyecta finalmente la idea del líder carismático y popular.
El cartel como propuesta de lectura.
La estrategia de legitimación afecta consecuentemente la imagen de Obrador y su postura postelectoral. En este sentido, el cartel promocional del filme, que constituye la portada de la edición en DVD, viene a reforzar tal estrategia, sólo que bajo la forma de información preliminar. Aquí también se antepone la función conminativa a la referencial, pues lo que se pretende es causar una reacción por parte del espectador.
En sentido estricto, desde el punto de vista que nos interesa, el cartel mantiene un vínculo paratextual con la película. De acuerdo con Genette, hay cierto tipo de producción semiósica exterior al texto, pero que mantiene una relación estrecha con respecto a él: “Más que de un límite o de una frontera cerrada, se trata aquí de un umbral o —según Borges a propósito de un prefacio—, de un ‘vestíbulo’, que ofrece a quien sea la posibilidad de entrar o retroceder” (2001: 7).
El paratexto es, en buena medida, lo que podríamos llamar un condensador semiótico, pues incluye de manera sintética información previa sobre la problemática (o, cuando menos, una de las problemáticas) del texto y, consecuentemente, nos proporciona claves de lectura.
En el caso que nos ocupa, en el cartel promocional se observa una imagen, en que aparece la parte superior del Ángel de la Independencia bajo el enfoque de una mira telescópica que apunta a la parte del pecho de la estatua donde se encuentra el corazón de un humano. El sistema se construye en virtud de una serie de procesos metonímicos, como veremos a continuación:
a) La mira telescópica representa en realidad un arma de largo alcance, lo que indica un atentado en potencia.
b) Debido al carácter de signo emblemático que tiene dicho monumento, el atentado se dirige contra la libertad y, en un contexto más político, contra la democracia. Así, queda implicada una dimensión colectiva, en tanto que el monumento es una representación de valores sociales. Además, para reforzar dicha dimensión, atrás del monumento se percibe el Zócalo, lleno de gente. Hay, pues, un funcionamiento por afinidad entre el monumento y el pueblo mexicano.
Por medio del paratexto se pone de relieve, entonces, que la elección presidencial de 2006 fue un atentado contra el pueblo mexicano.
c) Detrás de la mira, fuera del foco de visión, se encuentran los ejecutores del atentado y los intereses que los motivan. Se hallan, pues, protegidos por el anonimato. Si consideramos esto último con cierta calma, veremos que se encuentran delineadas las motivaciones actanciales que opondrán a dos clases de actores: los partidarios de la democracia y sus enemigos.
Por otro lado, debido al principio de contrastividad, lo oculto tiene su opuesto, que es la develación. Sin embargo, esta noción sólo aparece potencializada en el paratexto. Es de este modo que corresponderá al texto actualizar tal noción. La película se propone, pues, como un documento de denuncia, y a diferencia de otros filmes que comprenden la misma propuesta inicial (como Rojo amanecer, de Jorge Fons, o La historia oficial, de Luis Puenzo), el de Mandoki la cumple con creces.
El título incide también en esta lectura, con lo que se produce una articulación nocional a manera de esbozo, que deberá ser complementada por el texto englobante. A la vez, en refuerzo de esto último, está la oración “ATRÉVETE A VER LA VERDAD”. Es justificada la designación de umbral que Genette da al paratexto.
Conclusión.
Como conclusión podemos decir que, aunque los AIE se articulan alrededor de un sistema de dominación, no todo el tiempo funcionan como reforzadores de las posiciones del Estado o de los intereses dominantes. Como se vio en el caso que tratamos, hay periodos en que uno o varios AIE (o parte de ellos) pueden entrar en conflicto con el Estado, generando, consecuentemente, relaciones de conflicto con respecto a otras instancias de esta naturaleza.
De acuerdo con una dinámica propia, los conflictos de la formación social se reproducen a nivel de los AIE.
Ahora bien, por el hecho de constituirse en un AIE, los MCM tienden a ser concebidos como elementos sumamente nocivos para la sociedad, responsables en gran medida, por su potencial comunicativo, de la alienación que aqueja a las sociedades de consumo. Sin embargo, hemos visto que dicho potencial puede ser aprovechado de manera diferente, oponiéndose a las instancias oficiales de poder.
Algo que debe tenerse muy en cuenta es que hemos trabajado con procesos comunicativos. La importancia de estudiar la comunicación de masas radica en que, partiendo de enfoques pertinentes, puede revelarnos estados del mundo y dimensiones ideológicas precisas de circunstancias socio-históricas concretas. El análisis de los comportamientos comunicativos es un buen medio, consecuentemente, para determinar y describir la forma en que interactúan y se relacionan diversos actores sociales.
En situaciones conflictivas tales estudios se revelan particularmente útiles, puesto que ponen de relieve las dinámicas del conflicto: factores ideológicos, económicos, políticos…
Aquí es importante recordar a Michel Foucault, quien insistió en la relación entre el discurso y el poder y en el hecho de que el discurso mismo representa formas de poder (1973). En los casos tratados por nosotros, se manifiestan claramente las formas de poder de las que hablaba Foucault. Es evidente que en este trabajo no hablamos solamente de discurso, pero la posición de Foucault sigue siendo válida al considerar otras formas de semiosis. Así, la comunicación humana comprende modos de poder, particularmente en ciertas circunstancias.
La película de Mandoki nos da cierta esperanza, pues constituye una prueba de que la producción comunicativa, pese a desarrollarse al interior de un AIE —como lo son los MCM—, puede hacerse desde posiciones enunciativas distintas al oficialismo.
Con esta exposición hemos querido contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a destacar la trascendencia de estudiar al ser humano a partir de una de sus características fundamentales.
* Director de la Escuela de Lenguas y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Cuando empleamos el término “simbólico” aludimos a la significación en general.
De esto podemos percatarnos si consultamos varios números del diario La Jornada de este periodo, y por la cantidad de información documental de la película Fraude, de Luis Mandoki, que trataremos a continuación.